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Aquella mujer me destrozó el corazón. Sentí cómo me lo arrebataba, lo mantenía en vilo ante mis ojos, me miraba riéndose de mi desesperación, y lo despedazaba entre sus garras, para luego escupir sobre los restos. Cuando dio el último portazo me quedé de rodillas mirando la puerta cerrada de mi casa vacía, y me pareció que podía recoger del suelo el polvo en que se habían transformado mis sentimientos, tratando de extraer algún mínimo fragmento de entre la suciedad y la embarrada tierra que creía tocar.
Mi mundo se había ido destruyéndome, y ya no me quedaba nada. Me llevé las manos a la cara y lloré con una amargura más infinita de lo que nunca hubiese podido imaginar. Yo ya no existía. Nada existía. Sólo el dolor.
Mis amigos me dijeron que no era culpa mía. Yo no sabía si tenían razón. Tampoco me encontraba con capacidad como para analizarlo. Me aseguraron con vehemencia que era una zorra. Que el hecho de que se largara era lo mejor que me podía pasar. Que en realidad, tenía que haber sido yo quien le pegase la patada mucho antes. Y se ofrecieron a llevarme en volandas de fiesta en fiesta para olvidar lo pasado y volver a disfrutar en libertad de las muchas diversiones que me presentaba mi nueva vida.
Es bueno tener amigos. Se preocuparon de mí. Intentaron que pensara en términos positivos, que lo entendiera como una oportunidad, y no como un fracaso... y aunque yo se lo agradeceré siempre, su buena voluntad no bastó para reconfortarme. No se puede llenar en un día el hueco que una raíz tan honda me había dejado en lo más profundo.
Pasaron las semanas y no me recuperé. Aquello no servía. Así que decidí despedirme de mis amigos, de mi gente, y me pedí unas largas vacaciones para realizar un viaje de reflexión. Necesitaba otro espacio. Vivir una manera distinta de soledad que pudiese acallar aunque sólo fuera un poco aquel sufrimiento insoportable.
Me fui a una casa rural, en un pequeño pueblo del norte. Rodeado de árboles y plantas. Con calzadas de piedra recorridas por viejos con cayado y mozalbetes con mejillas sonrosadas que animaban a las ovejas a seguir el paso. Una típica estampa de campo. Un lugar en que se respiraba tranquilidad.
Al ir a comprar a la única tienda de ultramarinos de la zona, el primer día, me encontré con un hombre de procedencia claramente urbana. Era joven, aproximadamente de mi edad, y se le veía casi tan despistado como a mí. Andaba buscando la misma tienda, pero no se había preocupado de que le indicaran con detalle, y se había perdido entre los cuatro recovecos estrechos que tenía el pueblo. De alguna forma, me resultó simpático. Le acompañé.
Empezamos a hablar. Resultó que también había viajado solo. Que le gustaba hacer al menos un viaje al año en solitario y descubrir nuevos parajes. Reconocía que no era muy apañado, pero le encantaba el ambiente especial de campo, sus olores, sus sensaciones, incluso las plastas bovinas y las picaduras de los abejorros. Me hizo gracia.
En los días siguientes planeamos varias excursiones por los alrededores. Subimos la colina para ver una minúscula iglesia sin interés. Llegamos hasta el río lleno de bichejos que nos impidieron sentarnos a merendar. Fuimos de visita al pueblo más cercano para comprobar que era casi una réplica de aquel en el que estábamos. Y así fueron pasando los días.
Era muy amable. Me ayudaba cargando las mochilas. Compartía conmigo los enormes bocatas que se traía. (Me divertía su voracidad) Siempre me estaba dando conversación, pero nunca me resultaba pesado. Era una persona verdaderamente agradable. Y me hizo sentir agusto. En algunos momentos conseguía que el tiempo presente fuese lo único que me importara, y todo lo ocurrido antes de llegar al pueblo parecía tan solo una mala pesadilla extinguiéndose.
De hecho, era más que amable.
Con el paso de los días empecé a notar en él una progresiva confianza. La forma de sonreírme. La forma de mirarme. Algo se hacía más cercano. Era cierto que en contra de lo que pensábamos antes de llegar, estábamos pasando las vacaciones juntos. Habíamos establecido una conexión, por supuesto... pero era simple confianza. El disfrute de estar con una persona cordial. Poco a poco más afectiva, claro... pero sólo era eso, simplemente.
Porque era eso... ¿no?
Me sorprendí al darme cuenta de que no lo sabía.
Una de las últimas noches cenamos juntos sobre la hierba de una colina próxima al pueblo, con el coro de grillos poniéndonos la única música que se atrevía a discutir la paz que proporcionaba el silencio de la noche. Él estaba sentado a mi lado. Muy cerca. Me hablo en voz baja, casi susurrándome al oído, para no romper el encanto de la escena. Al mirarle bajo la única luz de la luna, sus facciones se me hicieron suaves, y su expresión tierna, casi femenina.
Fue un momento romántico. Y sentí miedo al darme cuenta de que me gustaba.
Acercó sus labios a los míos, muy despacio. Y cuando se fusionaron en el beso más cálido y sincero que había recibido en mi vida, supe con una seguridad que no había tenido nunca antes, que ya jamás volvería a ser lesbiana. |